jueves, abril 27, 2006

mezcal

La tarde era tranquila, el sol cayendo a plomo sobre los tejados rojizos, donde las iguanas descansaban inmóviles, como gárgolas medievales.
Yo me encontraba tranquilamente apoyado en la puerta cuando pasó el extraño anciano: Era extraordinariamente viejo, con incontables arrugas que parecían marcar los años como los anillos de un árbol, su caminar encorvado,de tamaño pequeño como si se hubiera secado bajo el intenso sol durante décadas. Vestía calzón de manta, a la usanza antigua, y llevaba un sombrero de paja tan viejo como él.
Se acercó hasta mi de manera muy natural, como si me conociera desde siempre, y mirandome con sus ojillos como rendijas me sonrió y me hizo señas de que lo siguiera, sin pronunciar palabra.
Por alguna razón me pareció natural hacerlo, de hecho, la sensación que tenía era como si hubiera estado esperando a aquel viejo desde la primera vez que puse mis pies en aquel pueblo polvoriento.
Subimos por una escalinata de piedra muy antigua que trepaba por la ladera de la montaña, como si fuera la de una pirámide, y justo al llegar a la cúspide entramos en una pequeña choza de adobe con techo de vara de otate, muy sencilla, pero extraordinariamente limpia y bien cuidada.
El interior parecía ser mucho mas grande de lo que se veía por fuera, apenas iluminado por las velas que por cientos se encontraban repartidas por todos los rincones, esparciendo un aroma perfumado, como de copal. Al fondo de la casita se encontraba una caverna , cuyo fondo nunca pude ver y que se adentraba en la montaña. En el centro de la cueva, resguardada por imágenes religiosas, lo mismo de santos cristianos que figuritas de barro prehispánicas, se encontraba un altar, y sobre el altar una gran jarra de piedra.
El anciano tomó la jarra en sus manos con veneración y me miró con una sonrisa cómplice: Yo entendí a que se refería y extraje de entre mis ropas una jarra idéntica pero mucho mas pequeña que había encontrado al fondo del jardín de la casa, muchos años antes, cuando había visitado por primera vez aquel pueblito perdido en las montañas.
Entonces el vertió el liquido de la jarra grande en la jarra pequeña: era un líquido transparente, de aspecto espeso y cristalino, con un leve fulgor verde, como el de un diamante de buena calidad.

MEZCAL, pensé, al tiempo que tomaba la bebida con veneración y aspiraba su aroma intenso, fuerte, perfumado, a carbón, a tierra seca, a cactus maduro.

El viejo me indicó por señas cuatro pequeños vasos de alabastro preciosamente tallados que se encontraban sobre una mesa de piedra toscamente labrada.
Lentamente vertí el contenido de mi jarrita en los cuatro vasos y esperé, mirando al anciano con curiosidad.
El se sentó, en un lado de la mesa, con sus manos sujetando el sombrero, del cual surgió un resplandor. Luego, de lo profundo de la caverna salieron un hombre y una mujer. El vestía un taparrabos y un penacho de plumas muy sencillo, sujetó su copa con la mano izquierda, por lo que deduje que era zurdo, y con un gesto marcial se sentó. La mujer era de complexión gruesa, con un peinado muy elaborado de trenzas rematadas con cabezas de serpientes disecadas, y tenía un rostro hermoso y maternal, con mejillas redondas y labios gruesos. En su cuello llevaba un collar de cuentas de barro que representaban manos y corazones.

Los cuatro bebimos en silencio, llenando una y otra vez las copas, hasta quedar totalmente ebrios. Entonces me dormí.

A la mañana siguiente desperté en lo alto del cerro, al final de las escalinatas, pero ahí no había ninguna choza, ninguna cueva, ningun viejo. Tan solo un altar de piedra toscamente tallado .

Yo aún sostenía en mis manos la jarrita, vacía.

Pero lo que me comprobó que lo de la noche anterior no había sido un sueño, fué la terrible resaca...

martes, abril 18, 2006

la luna

Me siento en la terraza , huyendo del calor al abrazo de la suave brisa nocturna, mirando la noche extenderse frente a mi como un tapiz de estrellas sostenido por el solitario campanario de la iglesia.
No hay ningun ruido, ni siquiera se oye gente rezar. Esta es una noche especial, algo flota en el aire hoy, el viento lo trae en susurros, como un murmullo lejano.
De repente sucede; detras de las colinas asoma un ligero filo de luz brillante, como una espada que corta las tinieblas. Los árboles se perfilan contra él, formando un coro de sombras chinescas.
Luego el filo aumenta, convirtiendose en una cascada que inunda con su resplandor las cumbres en el horizonte, dando la ilusión de un incendio azul, como los fuegos fatuos de los cementerios, solo que mucho mas intenso.
Finalmente la luna se asoma en todo su esplendor,con el carro de la diosa Diana tirando de ella en medio de flamas de luz:
Las puertas del otro mundo se han abierto y la comitiva de la obscura Hécate se extiende por el horizonte como una jauría de espectros hambrientos.
Y en toda la noche, la única criatura viviente que presencia esta escena , el unico testigo de este espantoso prodigio,soy yo.
Me doy cuenta de ello demasiado tarde: Ellos tambien me han visto y se dirigen hacia mi, semejantes a monstruos de locura salidos de la imaginacion de algun pintor medieval, arrastrandose en el aire, aullando, extendiendo sus garras ...

A veces, en noches como esta, me gustaria no tener la costumbre de desvelarme tanto...

lunes, abril 17, 2006

minos

methamorphosis

Ovidio, el vampiro, una larva, una vida
al final todo cambia "pantha rei".
¿cuántas veces he tenido que entregarle una piedra a kronos para poder seguir viviendo y crecer?
Los antiguos egipcios llamaban niño a todo aquel que cambiaba en algo importante en su vida. Un adulto es el niño de un joven, un muerto es el niño de un vivo. Para ellos, todo era cambio continuo, transicion. Lo inmutable es el cambio. Y el observador del cambio, la fuerza vital que ellos llamaban Ka. El ka siempre cambia de estado, de vivo a muerto, de joven a viejo, pero siempre es el mismo, el espiritu de la naturaleza, de la vitalidad.

Dicen que el ser humano cambia cada siete años. De ser asi, no quiero ni hablar de cuantas veces he cambiado, seria confesar mi edad.
he sido niño prodigio, preadolescente solitario y raro, músico dark, hombre de fiestas, pintor bohemio, y al final, amante esposo y padre.
Y todas las veces el cambio se ha dado en medio de un cataclismo, de un crepúsculo donde todo lo que era importante para mi apenas unos segundos antes ha dejado de serlo...

pero ya siento venir otro cambio. Se anuncia como la aurora con un manto de sangre, con el canto ansioso de las aves, con el viento frio del amanecer...

¿quien seré ahora?¿en que me convertiré?