La tarde era tranquila, el sol cayendo a plomo sobre los tejados rojizos, donde las iguanas descansaban inmóviles, como gárgolas medievales.
Yo me encontraba tranquilamente apoyado en la puerta cuando pasó el extraño anciano: Era extraordinariamente viejo, con incontables arrugas que parecían marcar los años como los anillos de un árbol, su caminar encorvado,de tamaño pequeño como si se hubiera secado bajo el intenso sol durante décadas. Vestía calzón de manta, a la usanza antigua, y llevaba un sombrero de paja tan viejo como él.
Se acercó hasta mi de manera muy natural, como si me conociera desde siempre, y mirandome con sus ojillos como rendijas me sonrió y me hizo señas de que lo siguiera, sin pronunciar palabra.
Por alguna razón me pareció natural hacerlo, de hecho, la sensación que tenía era como si hubiera estado esperando a aquel viejo desde la primera vez que puse mis pies en aquel pueblo polvoriento.
Subimos por una escalinata de piedra muy antigua que trepaba por la ladera de la montaña, como si fuera la de una pirámide, y justo al llegar a la cúspide entramos en una pequeña choza de adobe con techo de vara de otate, muy sencilla, pero extraordinariamente limpia y bien cuidada.
El interior parecía ser mucho mas grande de lo que se veía por fuera, apenas iluminado por las velas que por cientos se encontraban repartidas por todos los rincones, esparciendo un aroma perfumado, como de copal. Al fondo de la casita se encontraba una caverna , cuyo fondo nunca pude ver y que se adentraba en la montaña. En el centro de la cueva, resguardada por imágenes religiosas, lo mismo de santos cristianos que figuritas de barro prehispánicas, se encontraba un altar, y sobre el altar una gran jarra de piedra.
El anciano tomó la jarra en sus manos con veneración y me miró con una sonrisa cómplice: Yo entendí a que se refería y extraje de entre mis ropas una jarra idéntica pero mucho mas pequeña que había encontrado al fondo del jardín de la casa, muchos años antes, cuando había visitado por primera vez aquel pueblito perdido en las montañas.
Entonces el vertió el liquido de la jarra grande en la jarra pequeña: era un líquido transparente, de aspecto espeso y cristalino, con un leve fulgor verde, como el de un diamante de buena calidad.
MEZCAL, pensé, al tiempo que tomaba la bebida con veneración y aspiraba su aroma intenso, fuerte, perfumado, a carbón, a tierra seca, a cactus maduro.
El viejo me indicó por señas cuatro pequeños vasos de alabastro preciosamente tallados que se encontraban sobre una mesa de piedra toscamente labrada.
Lentamente vertí el contenido de mi jarrita en los cuatro vasos y esperé, mirando al anciano con curiosidad.
El se sentó, en un lado de la mesa, con sus manos sujetando el sombrero, del cual surgió un resplandor. Luego, de lo profundo de la caverna salieron un hombre y una mujer. El vestía un taparrabos y un penacho de plumas muy sencillo, sujetó su copa con la mano izquierda, por lo que deduje que era zurdo, y con un gesto marcial se sentó. La mujer era de complexión gruesa, con un peinado muy elaborado de trenzas rematadas con cabezas de serpientes disecadas, y tenía un rostro hermoso y maternal, con mejillas redondas y labios gruesos. En su cuello llevaba un collar de cuentas de barro que representaban manos y corazones.
Los cuatro bebimos en silencio, llenando una y otra vez las copas, hasta quedar totalmente ebrios. Entonces me dormí.
A la mañana siguiente desperté en lo alto del cerro, al final de las escalinatas, pero ahí no había ninguna choza, ninguna cueva, ningun viejo. Tan solo un altar de piedra toscamente tallado .
Yo aún sostenía en mis manos la jarrita, vacía.
Pero lo que me comprobó que lo de la noche anterior no había sido un sueño, fué la terrible resaca...